Crónica de un viaje hacia el Bosque Mikea
Son las 7 de la mañana, una luz anaranjada tiñe tierra, ganado, casas nubes y la mirada de niños que entre risas y sorpresa me azuzan para jugar. Al fondo un imponente baobab preside la reunión de los hombres de la aldea. Estamos en Antsiloakarivo, día para arreglar asuntos importantes, en una de las poblaciones dispersas por la región Masikoro. Nos dirigimos hacia el corazón de Alamikea o bosque Mikea, región seca y misteriosa, no sólo por albergar un bosque, cuyos recovecos cobijan fauna y flora única en el mundo, sino por ser desde tiempos oscuros territorio de los habitantes Mikea.
Y es que llegar hasta aquí no ha sido fácil. Detrás quedaron horas interminables, llenas de emoción e interrogantes sobre quienes son en realidad éste pueblo. Un viaje que comenzó en Tulear, centro urbano más desarrollado de la región y, aún con todo, ciudad más pobre de Madagascar. Sus habitantes nacieron con el rumor de que los Mikea son espíritus o escurridizos hombres mágicos de pequeña estatura que habitan la región boscosa desde Manombo, norte de Tulear a Morombé. Una franja de 70 kilómetros flanqueada hoy entre la costa que da al canal de Mozambique y una carretera de tierra y baches llamada con optimismo la nacional 9.
Los llamados Koko, Hako o Lampihazo, son individuos que nadie ha visto pero pueden intuirse. Acostumbrados a huir por naturaleza, dicen que pueden transformarse en raíz o en tronco. Quizás oigas un ligero pálpito leñoso o crujir vegetal, pero jamás los podrás ver. Si quieres comerciar con ellos, deberás dejarles Paraky (tabaco de mascar malgache) ron, cereal o utensilios en lugares estratégicos, y volver a las horas para recoger miel o tubérculos salvajes.
Así los Mikea, diluidos en la literatura popular, entre semibestias, salvajes o entes sobrenaturales, han sobrevivido hasta el día de hoy. En la actualidad, gracias a expertos como Theo Rakotovao, u organizaciones locales como la Fimamy, sabemos mucho más de ellos. Y su historia aún siendo real no deja de ser fascinante.
No son etnia o tribu aborigen. Descienden de los mismos habitantes sedentarios que hoy los rodean, Masikoro y Vezo. Su existencia parte de una histórica huida de los imperios y reinados como el Sakalava o Merina. Gentes que huyeron de la esclavitud, el expolio o las imposiciones económicas culturales y sociales del poder de la época. Que decidieron elegir su destino al margen de poderes ajenos a ellos. Refugiarse en la libertad íntima del bosque y en una vida en armonía y respeto con la naturaleza. Un espíritu muy similar, si lo pensamos, a los esfuerzos de comunidades pequeñas, en Latinoamérica, por ejemplo, que persisten en mantener una economía y tradición al margen de grandes intereses financieros.
La situación se mantuvo también durante la ocupación de la colonia francesa, y más tarde, en 1960, con la recién República Malgache. Hoy quedan unos 1500 individuos nómadas dispersos en pequeños grupos, junto a otros tantos miles seminómadas, mezclados con la población Masikoro y Vezu. Se alimentan de bayas, roedores, pájaros, miel y tubérculos salvajes como el baboho de donde obtienen casi toda el agua que beben. Sus creencias difusas se concretan en un dios creador Zanahary y espíritu ancestral. Pero quizá lo que más les diferencia, la huella que personalmente queda, es una sencilla felicidad, casi, por el “simple hecho” de estar vivos.
Sin embargo su situación actual no es muy prometedora: símbolo de armonía con el entorno están amenazados de desaparecer.
Por un lado hay fuertes presiones y esfuerzos de distintos colores que les empujan hacia la “civilización”. Misiones luteranas, organizaciones como la Fimamy, la Angap o directamente el gobierno operan en la región para reeducarles y sedentarizarles definitivamente. El debate está abierto y nos plantea un problema francamente complejo.
Por otro, el bosque, su hábitat natural, su espacio histórico vital mengua cada día… La carretera por el este y la costa por el oeste brindan acceso a un suculento turismo imparable. Los asentamientos desde Tulear crecen año tras año. Abriendo el camino, una vez más, a la especulación y el beneficio rápido de unos pocos. Al norte, junto al lago Ihotry, el gobierno junto a Norad (institución nacional de cooperación y desarrollo de Noruega) planean la extracción de petróleo en pleno corazón del bosque para luego, “teóricamente” revertir los beneficios en la población. Y por si fuera poco, toda la región como toda la Isla sufre una deforestación fulminante, cáncer biológico que está desertizando la región. Imprescindible, tanto para los Mikea como para las decenas de especies protegidas como la Fosa que habitan en su interior.
Por ello, la realidad de los Mikea no es nada original, proyecta la misma imagen desoladora que en otras minorías étnicas indígenas como los Inuit en Canadá, Yanomamis en Brasil o bosquimanos que no pueden vivir tal y como vivían desde tiempos inmemoriales. Pero me refiero también a los espacios verdes, inseparables de su cultura y esenciales para mantener la riqueza genética, biológica y geohistórica del resto del planeta. Los Mikea son ya muy pocos y su desaparición, de no impedirlo, será un símbolo más de la agresión humana, de los planteamientos a corto plazo, y en suma, de la dificultad de concebir un auténtico progreso consciente con la preservación de nuestra propia casa.